El Libro de los Muertos

Para mi Rosa, cuyas tardes son mis mañanas y su aliento mi rocío.

Hace muchos años leí que los museos y los zoológicos nacieron en la Ilustración como dos formas de preservar el mundo y encerrarlo para su contemplación: unos, los zoos, para guardar la vida, y los otros, los museos, para conservar la muerte. Siempre pienso en eso cada vez que me dirijo al Bosque de La Plata, donde ambas instituciones están ubicadas una frente a la otra.
Por supuesto, mi favorita es el Museo. De hecho, es mi lugar favorito de la ciudad, más incluso que el cementerio, que también exhibe la muerte pero desde otro punto de vista: del dolor del que se queda.
El Museo es, entonces, un museo de la muerte. Eso mismo fui a buscar días pasados cuando sorteé las miríadas de niños en vacaciones, que tienen como destino principal los fósiles de dinosaurios, para dedicarle un buen rato a la sala egipcia y sus momias.

Ahora bien, ¿cómo llegaron estas momias al Museo de La Plata? Mejor que yo lo cuentan Héctor M. Pucciarelli y María A. Pucciarelli, que escribieron un artículo llamado “Las momias egipcias del Museo de La Plata”para la Revista del Museo en junio de 1995. El texto se puede consultar en el sitio del Sedici: http://hdl.handle.net/10915/47323.

Nuestra Institución posee una interesante colección de objetos culturales provenientes de distintos períodos de la civilización egipcia. Entre ellos, figuran estelas dedicadas a Osiris, amuletos y escarabajos. Pero lo más atrayente es el conjunto formado por tres piezas momificadas, cada una con su correspondiente ataúd Dos de ellas corresponden a individuos adultos. La tercera es un paquete funerario. Las tres piezas fueron donadas al Museo de La Plata por el Dr. Dardo Rocha, que las obtuvo en Egipto en 1888 del Museo de Boulacq (más tarde trasladado a El Cairo). La idea del Dr. Rocha era que el material egipcio por él colectado sirviera de comparación con material cultural procedente de las altas culturas americanas. Debe tenerse presente la idea predominante en la época, de fuertes relaciones existentes entre el antiguo Egipto y América Nuclear.

Tadimentet.

El ataúd mejor conservado pertenece a una mujer llamada Tadimentet. Está construido en madera y es de tipo antropomórfico. La decoración, realizada sobre fondo blanco, es profusa. En la parte superior de la cabeza que lleva peluca hay un escarabajo alado que representa al dios Khepri (sol naciente, símbolo de la resurrección). Sostiene con las patas delanteras un disco solar y con las traseras el símbolo de la totalidad o circuito del mundo. También hay discos solares, un collar ancho con cabezas de halcón y ure-os sobre brazos y pecho. Se agregaron la diosa Nut que, representada con las alas extendidas, es considerada como protectora de los muertos, los cuatro hijos de Horus, bajo cuya protección están colocadas las vísceras de las momias, Harakthe, Anubis y la propia Tadimentet con los brazos extendidos en actitud de adoración. Por último, hay inscripciones que contienen fórmulas de ofrenda y el nombre y filiación de la difunta (“… para el Ka del Osiris Tadimentet, hija de Horhotep…”). También aparece una guarda que contiene los signos anhk y was. Es notable el hecho de que el ataúd no tenga inscripciones en su interior, dado que, como hemos visto, son de extrema importancia en el viaje al más allá. Dado que existe una mención a la diosa Ment, Rosenwasser opinó que Tadimentet procedía de Edfu, por ser una diosa local de esa región del alto Egipto, siendo presumiblemente del período greco-romano (332 A C -395 DC).
Khepri es una de las deidades más subyugantes de la mitología egipcia. Representada con figura humana o de escarabajo, o bien con cuerpo humano y cabeza de escarabajo, es “el que crea todas las cosas, sin ayuda del principio femenino”. También “es la materia inerte pero viviente, que está a punto de comenzar su existencia o de renovarla» (Daneri de Rodrigo, 1980). Esta dualidad implica su relación con la idea de resurrección, dando vida al cuerpo muerto y conservando la del vivo que usara su amuleto. Harakhte es una deidad no menos interesante. Representa al sol en su viaje diurno (Horus de los dos Horizontes), tiene cuerpo de hombre y cabeza de halcón (a veces rematada por el disco solar) y es considerado señor de los cementerios y soberano del Duat (región del cielo debajo de la línea del horizonte, donde las almas desaparecían después de la muerte). Los cuatro hij os de Horus (fig. 3) son los que sostienen los cuatro pilares sobre los que se apoya el cielo. Están representados en el ataúd de Tadimentet por su carácter de genios funebrios y de custodios de los vasos canopes. Nut (Naut, Nuit) es deidad del cielo nocturno. Se relaciona con Khepri porque de su seno renace el sol cada mañana. También es protectora de los muertos y se la representa con el cuerpo estrellado (Prampolini, 1969).

El segundo sarcófago es también antropomorfo, pero contiene un cadáver masculino, como lo demuestran la línea de barba trazada alrededor del mentón y la barba trenzada de tipo osiriano. La decoración fue pintada en rojo y blanco sobre fondo negro, se encuentra muy deteriorada y poco visible. Hay signos aislados de la fórmula de ofrendas. También pueden distinguirse el ojo de Horus y Anubis chacal. Es de notar que los sarcófacos negros eran utilizados durante el Imperio Nuevo (1550— 1070 A C). Esto concuerda con la opinión del Dr. Rocha en cuanto al menos una de las momias debía pertenecer a la dinastía XVIII o XIX (1550— 1196AC).
Horus es un emblema muy importante en la religión funeraria. Tiene forma en parte humana y en parte de halcón y es el símbolo de la fidelidad y ofrenda total. Anu-bis también adquiere diversas formas. En la figura 4 es representado bajo forma de chacal en actitud de preparar una momia. Esta importante deidad funeraria (Prampolini, 1969) es considerada patrono del embalsamamiento y dios protector de los muertos.

La infaltable foto con la momia.

La tercera pieza posee una curiosa semejanza con el cadáver momificado de un niño y por cierto tiempo se lo tuvo por tal, hasta que un estudio realizado sobre estos restos reveló que tal niño era en realidad un paquete funerario constituido por un cráneo de individuo adulto y un “cuerpo” hecho con tela de lino y resina. Podría pensarse que alguien incurrió en una vulgar falsificación, pero en realidad no es así. Los paquetes funerarios fueron usuales durante el período greco-romano y servían para eternizar la memoria de individuos que por diversos motivos no podían acceder a una momificación con todas las de la ley. Poseía piezas de encartonado con decoración polícroma que cubrían lo que correspondería a piernas, pecho, espalda y pies y una máscara, la cabeza. La técnica de cartonage sobre el cuerpo entero aparece durante la dinastía XVIII, reemplazada por la que exhibe nuestro “niño” durante la dinastía ptolemaica (304-30 AC).

Por supuesto, estas momias también tienen sus historias sobrenaturales. Nicolás Colombo, en el primer tomo de “Misterios de la ciudad de La Plata”, afirma que “el Museo de La Plata posee dentro de su colección tres momias egipcias que fueron traídas por Dardo Rocha, junto a objetos de dicha cultura, de un viaje que realizó por Egipto en 1888. Según se cuenta, un par de décadas más tarde, comenzaron a suceder hechos extraños alrededor de esas momias”.
En la década de 1920, “cuando la egiptología y las maldiciones de las momias egipcias estaban en boca de todos por el reciente hallazgo de la momia de Tutankamón, el entonces director del museo, Luis María Torres, había dado autorización para abrir los sarcófagos y estudiar la antigüedad de las momias egipcias del Museo de La Plata, pero enfermó y tuvo que renunciar. El cargo fue tomado por Augusto C. Scala, quien pese a ser botánico también se interesó por las mismas; lamentablemente murió tiempo después a causa de un infarto. Misteriosamente también enfermaron dos personas que habían participado en la apertura de los sarcófagos: Gaggero y Juan Coñoel, aunque peor suerte fue la de uno de los empleados de limpieza del museo, que falleció al poco tiempo”.
Ya en la década de 1980, las momias fueron trasladadas para ser examinadas en el novísimo (por ese entonces) tomógrafo del Sanatorio Argentino y, entre otras “cosas raras”, el ascensor que llevaba los sarcófagos se detuvo entre dos pisos. Más sobre esto en el blog de Nicolás: http://misteriosdelaplata.blogspot.com/2011/02/la-maldicion-de-las-momias.html


¿Qué hay del otro lado de la muerte? Esa pregunta fundamental intriga a la humanidad desde su nacimiento. Los egipcios fueron quizás la civilización antigua más orientada hacia ese otro lado. Ya eran ancianos cuando el mundo era joven: “Ustedes, los griegos, son como niños”, dice Platón que dijo un sacerdote egipcio en el “Timeo”. La sala del primer piso, la sala egipcia, nos deja dar un pequeño avistaje a esa sabiduría. Un párrafo del Libro de los Muertos.

Marcelo Metayer Escrito por:

Sé el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *