Cielo oscuro

El Buen Pastor

Hace poco leí que en estos días de diciembre de 2019 se cumplen 20 años del estreno de The BlairWitch Project. Eso me recordó que también se están cumpliendo dos décadas de un viaje alucinatorio que hicimos con un amigo a la ciudad de Córdoba. Habíamos ganado el tercer premio compartido de un concurso literario de La Voz del Interior, un certamen de cuento policial. El cuento que presentamos se llamó Cielo oscuro y nuestro seudónimo fue Los hampones abatidos.

Acá todavía se pueden leer las bases del concurso.

Aprovecho la volteada para pegar aquí una crónica que escribí pocos años después, alla´por 2002, de aquellas 36 horas de locura, de ir, llegar, recibir el premio, almorzar, caminar por Córdoba, volver a La Plata.

Por aquella época tenía una Zenit 12XP, cámara réflex que había pagado muy barata y que ahora es de culto. (Después fue robada). Curiosamente, decidí no llevarla al viaje porque «pesaba mucho». Por eso no tengo una sola foto de aquel día. Grave error. (La foto que encabeza esta entrada, el Paseo del Buen Pastor, fue tomada mucho tiempo después, en noviembre de 2018, cuando pude recorrer la ciudad con ojos más viejos pero más despiertos).

Les dejo la crónica de nuestro «atardecer y día agitado». Y después, el cuento que da título a esta entrada del blog.

Este texto que sigue fue escrito originalmente como el comienzo de un cuento que se llama, o llamaba, ya no sé, El cordobés errante. Lo modifiqué ligeramente para ponerlo aquí.

***

Ya salí con fiebre. Compré antibióticos antes de llegar a la terminal, pero el viaje no dejó de ser una tortura. “Somatizaste la emoción”, me decía mi mujer queriendo consolarme. Me despidió con lágrimas en los ojos. Juan me dio un abrazo, nos felicitamos y subimos al micro.

Son doce horas de La Plata hasta Córdoba. La primera se nos pasó charlando. Comentábamos qué destino le íbamos a dar a la guita del Tercer Premio de Cuento Policial con que nos había honrado La Voz del Interior. Coincidíamos en que laburar un fin de semana para cobrar quinientos pesos cada uno era un trabajo decente. Después empezó la película y desde ese momento hasta que llegamos no recuerdo casi nada, salvo que la puerta del baño estaba trabada y más de uno quedó encerrado adentro.

No más llegar nos embuchamos sendos (y maravillosos) cafés con leche y fuimos a pasear por la Docta. Yo volaba de temperatura y Juan no había pegado un ojo. De miserables no fuimos a roncar un rato a un hotel, tiempo teníamos, había que estar en el diario al mediodía y eran las ocho. Casi nos dormimos en la Catedral mientras la Policía pasaba revista. Caminamos como caballos de calesita hasta que se hizo la hora. Compramos los cospeles autóctonos, tomamos el colectivo en una calle cuyo nombre no quiero acordarme y que no parecía ser de una ciudad argentina y llegamos a los talleres de La Voz bajo el bochornoso sol de diciembre.

Por espacio de una hora fuimos los invitados de honor junto con el resto de la canalla literaria que nos acompañaba. Comimos suculentos sanguchitos de miga, tomamos vino, cocacola y champán del bueno (yo no, dado que continuaba con el específico), nos dieron unos elegantes platitos con nuestros nombres amonedados y, lo más importante, los respectivos sobres con el efectivo. Huimos presurosos, ya que nuestros bienintencionados anfitriones pensaban llevarnos a conocer la nueva planta de impresión del diario.

Tras un paseo en combi por la Cañada, el más ilustre de los nuestros, el ganador del Primer Premio, nos abandonó para festejar en privado con su novia, una preciosa parda natural del país. Otro más partió para Buenos Aires para ultimar unos guiones de El Tony. Quedamos cuatro. En medio de mi nube de sueño y fiebre recuerdo que terminamos comiendo en una fonda que por horror o casualidad estaba en la misma calle en la que habíamos tomado el colectivo. (Detalle: hombre previsor, había comprado los cospeles para la vuelta; todavía los guardo y de vez en cuando los miro con incredulidad.) Juan pidió una ensalada, este servidor una milanesa con papas, Primera Mención lo mismo, y Segunda Mención quedó hecho con unos ravioles.

Seguimos hablando de la difícil tarea de vivir de la escritura, del noble recuerdo de Hortensia, de cómo ganar concursos literarios, en fin, de todo lo que hace al pendolista moderno.

Primera y Segunda Mención se despidieron en la puerta del grill. Juan y yo teníamos pasaje de vuelta a las nueve y media, así que seguimos de recorrida por los bares del centro, con breves intermedios: uno para dormir una cinematográfica siesta con El proyecto BlairWitch y otro para visitar librerías.

(Detalle que agrego en 2019 y que no figura, inexplicablemente, en esta crónica: sonaba todo el tiempo Rodrigo, en todas partes. Entramos con Juan a un Musimundo y los discos que encabezaban los ránkings eran de Rodrigo y de, para nosotros, ignotos cuarteteros. Recordemos la fecha: diciembre de 1999, locura milenarista combinada con la locura de Rodrigo).

Coronamos la jornada con una peregrinación por la orilla del Suquía que nos dejó en la terminal. Compramos alfajores para parientes y amigos. Subimos al micro que por decisión del demiurgo infame que gobierna este universo era el mismo del viaje de ida, con la misma puerta que se trababa y la misma película de suspenso idiota en que una amante despechada intenta cometer un crimen con una escoba de esas para limpiar piscinas.

El único detalle para destacar del regreso fue que en algún tramo de la autopista nos cruzamos con una flota de camiones del Gran Circo Catalán. Ya se me había ido la fiebre. Claramente había somatizado.

***

Y aquí, en exclusiva (prácticamente no lo leyó nunca nadie), Cielo oscuro.

***

Cielo oscuro


Sé fiel hasta la muerte
Apocalipsis, II-10

El micro ya daba marcha atrás, acomodándose en busca de su camino, cuando un último pasajero llegó corriendo a toda velocidad por el andén desierto. Agitado, con poco abrigo, sin equipaje. Haciendo chirriar las gomas contra el asfalto húmedo, escupiendo una espesa queja de humo, el micro se detuvo. Lenta, amortiguada, con una especie de susurro mecánico, pivoteó la puerta sobre sus guías y el tipo, de un salto, subió.

No viajaba casi nadie. Viejas rodeadas de paquetes, seguramente de regreso tras un día de compras; jóvenes con aspecto de estudiantes fugándose por un tiempo de sus obligaciones. Quedaban asientos libres como para elegir. Sin embargo, el recién llegado le dijo al acompañante del conductor -quien recibió su boleto- que prefería ir al piso de arriba. El acompañante, sin contestarle, lo miró a los ojos. Tenía las pupilas brillosas, y lo que debía ser blanco, aún en esa penumbra resaltaba de rojo. Mantenían clausurada la parte superior para no tener que limpiarla. En la buena época, los coches de esa clase iban y venían repletos con turistas de la capital, así que era conveniente mantenerlos impecables. El tipo le sostenía la mirada: brillosa y sitiada de rojo. Fue hasta la cabina, volvió con la llave y le abrió. Sin más que un volteo de cabeza lo invitó a subir. El tipo ni le dio las gracias, y con un mínimo gesto rehusó el reglamentario paquete de dos alfajores ofrecido sin palabras.

Fue directamente hasta la fila de asientos delanteros. Más que sentarse, se dejó caer sobre el de más a la izquierda. Luego de que el micro, detenido en un semáforo, arrancara, se ajustó el cinturón de seguridad. Pronto, al panorama de tejados, árboles y retazos de mar entrevistos cuando ganaban lo alto de alguna loma, lo sucedieron las edificaciones bastas y grisáceas de las afueras. Depósitos, galpones, barracas, que fueron espaciándose hasta que no hubo sino llanura, y sobre la llanura, estancadas, indecisas, con su cargamento de lluvia, largas nubes tendidas.

Con un chasquido que lo hizo sacudirse en el asiento se encendió el televisor ubicado casi por encima de él. Al principio, no atendió el discurrir de las imágenes por la pantalla. Miraba hacia afuera a través del ventanal. El gran espacio abierto. La llanura como un mar vacío por donde avanzaba el micro, un navío alejándose, siempre alejándose. Él en el puente de mando, solo. Aquí y allá, montes de eucaliptus; masas oscurecidas que iban corriendo hacia la popa, islas. Del televisor, una garúa de murmullos en otro idioma, atenuada por el ruido del avance. De pronto sonó allí una voz de mujer. Volvió la vista hacia ella y se quedó mirándola. Alta, pálida, de pelo largo y ondulado, de ojos negros. Cuando desapareció, se puso a mirar de nuevo hacia afuera. Caballos, vacas, un pequeño arreo que un paisano, montado en un alazán, empujaba con gritos inaudibles desde adentro y talerazos al aire que la luz iba dejando. Contra el cielo, cada tanto, bandadas hacia el sur. Como ellos, siempre hacia el sur. El micro dio vuelta en una rotonda y se vio en un cartel verde: Batán 4. Y sobre otro: Necochea 104. Después el micro se detuvo.

Estuvieron un momento detenidos. Acurrucado en su lugar, él miraba hacia adelante. Hacia la ruta vacía que escapaba a clavarse en el confín donde cielo y llanura se tocan. Reflejada en el vidrio, y acercándose, apareció una silueta. Era un policía. Venía a sentarse ahí, a la izquierda. Pero lo descubrió y fue a ubicarse al otro lado del pasillo. Dejó en el piso un bolso grasiento, se recostó junto a la ventanilla arrancándole crujidos al asiento y se quitó la gorra, que cayó dada vuelta dejando ver una estampita en su interior: San Jorge que mataba al Dragón. Ya avanzaban de nuevo. Se puso a mirar el cielo y la llanura, cada vez con menos luz. Vacas, ovejas, caballos. Sobre todo, caballos. Al filo del horizonte amenazaban relámpagos. Miró al policía, vio que lo estaba mirando a él.

Levantó la cabeza. Por la pantalla desfilaban parejas de bailarines. Una tras otra, cruzaban un escenario muy colorido girando abrazados como arabescos en movimiento. Pero el motor del micro, que avanzaba ahora más rápido, impedía escuchar la música de ese baile. Pegó una fugaz mirada al policía. Lo seguía mirando. En el televisor un hombre y una mujer, morenos, vestidos con ropa floreada, se besaban y se acariciaban espasmódicamente. Al pie de sus contorsiones destellaban subtítulos de un amarillo rabioso. Miró de nuevo hacia afuera a través de la ventanilla. Por un instante, contra unos cardales, claramente se pudo leer: ‘Brian, esto que nos sucede es maravilloso’. El relámpago que borró las palabras iluminó de azul la superficie temblorosa de una laguna. Con el trueno, alzó vuelo una bandada de patos.

El movimiento al otro lado del pasillo le hizo girar bruscamente la cabeza. Agachado, el policía buscaba algo en su bolso. Volvió a erguirse. Atrapada entre sus toscas manos brilló el envoltorio plateado de alfajores. De un tirón lo abrió y se puso a comer. Ávidamente. Migas de maicena fueron salpicando su uniforme arrugado. Al rato la película terminó. Y con otro chasquido se apagó el televisor. Quedaron a oscuras. Cada tanto, el micro aplacaba su andar y se oían las dos respiraciones. Un relámpago más fuerte que los demás reveló la vista del policía fija sobre él, que la mantenía fija allá. Adelante, los faros bañaban un corto tramo de asfalto y de pastizales en la banquina. Algún cartel, verde fosforescente, pasaba veloz hacia atrás. Necochea 70, Necochea 50, Necochea 30. Empezaron a arreciar los relámpagos. Los truenos, ahora, sonaban en el interior claros y metálicos, como redobles de inmensos tambores.

Una frenada y un golpe, prácticamente sin pausa entre sí, se sucedieron. Él se fue hacia adelante, pero el cinturón lo retuvo. En cambio, un ruido opaco anunció el choque del policía contra el vidrio. Luego, con un gruñido se reacomodó. El micro estaba detenido. En el haz de luz de los faroles aparecieron el chofer y su acompañante. Miraban algo situado junto a la trompa del micro que desde arriba era imposible de ver, gesticulaban. Así como habían llegado, se retiraron de la luz, que permaneció alumbrando la soledad. Enseguida, uno de ellos, desde la entrada al primer piso, invisible, pidió: -Señor, ¿nos podría dar una manito? Atropellamos un caballo que andaba suelto. Habría que rematarlo así lo arrastramos a un lado y seguimos viaje. Sin decir nada, el policía se paró y fue para abajo. Él quedó solo. Seguían los relámpagos. Entre ellos, tal vez, el fogonazo. Seguían los truenos. Entre ellos, tal vez, el disparo. Después un remanso de silencio, un ramalazo de viento.

El policía, de vuelta arriba, se acomodó en su sitio sin un comentario. Esta vez, cuidadosamente. Arrancaron. Sólo había oscuridad. Oscuridad y el ruido del motor llevándolos por la oscuridad. Minutos y minutos así. Hasta que lanzado de algún lugar en la oscuridad, un auto los pasó. Un bulto claro que se perdió más allá del haz de luz para convertirse en dos puntos rojos distanciándose. Casi inmediatamente, haciendo sonar la sirena, los pasó un patrullero que se perdió de vista tras el fugitivo. En su asiento, el policía no terminaba nunca de acomodarse. Él se mantenía quieto. No había ya relámpagos ni truenos. Lloviznaba. Con un tamborileo suave contra el techo del micro, lloviznaba.

Minutos después, volvieron a frenar. El patrullero estaba de través a la ruta con el otro auto a medias incrustado. Dos policías agarraban por los brazos a un hombre joven. Gritaban algo. Pero cómo escucharlos, si la sirena no paraba de sonar. En su luz azul, que barría la escena, los policías se fueron acercando al micro. Por la ventanilla, los vio ahí abajo, hablándole al chofer. El policía de ahí arriba, inmóvil, no decía nada. Hasta que la misma voz de antes, la que sentenció al caballo, desde la entrada al primer piso se lamentó: -¡Qué viajecito, señor! Ahora lo andan requiriendo unos colegas. El móvil ese ya por hoy no arranca. Se les rompió la radio y ni esposas tienen para sujetar a ese… La voz se extinguió en un tono inadecuado, disonante de inminencia. Como si algo quedara por decir. Y no supiera decirse, o no se quisiera decir, o no se pudiera. Al fin, el policía se levantó. Y lentamente fue para abajo.

El frío, afuera, toda una sorpresa. Y la mezcolanza de olores. ‘Sargento…’, le dijo uno de los policías gordos que sostenían al muchacho flaquito. Y quedaron parados mirándose. El viento entreveraba olor a nafta, a yuyos, a bosta, a las vísceras del caballo pegoteadas entre los faroles que iluminaban la escena, que hacían brillar las gotas espesas, las gotas que los golpeaban.

Él desenfundó antes. Pero los otros tiraron mejor. De espaldas contra lo duro, contra lo mojado, le gritó como pudo al flaco ‘pendejo, aprovechá, corré’. Los otros dos también estaban tirados, sangrando. El chofer había volado a refugiarse. Los tres tirados, sangrando, miraban al que ahora se escapaba de la luz, de la escena, y se perdía a campo traviesa en la oscuridad. Él hizo un esfuerzo y se enderezó un poco, para mirar hacia el micro. Desde el piso de arriba, pegado al vidrio, el otro lo miraba.

La primera en animarse a bajar fue una chica. Parada en la puerta, dudó. Pero después se vino corriendo. Hacia él. Hacia el que vio peor. Se agachó y empezó a forcejear con esa chaqueta, con esa camisa, tratando de arrancárselas. Tranquilo, tranquilo, le decía mientras, tranquilo, y le temblequeaban las manos metidas en esa ropa que se iba impregnando de sangre. Tranquilo, que soy estudiante de medicina.

Con otro esfuerzo, con la voz que lo dejaba, él avisó:
-A mí no, nena. No te engañés con la pilcha. Yo soy de los malos.

En su pecho, libre al fin de esas ropas, se veía perfectamente a la luz de los faroles un tatuaje de trazos azules, irregulares, como hechos a tirones. Un tatuaje, aunque ella no supiera descifrarlo, con un significado preciso. Preciso y fatal. En sus trazos -azulados, irregulares, como hechos a tirones-, una espada ensartando una serpiente que se retuerce. Y allá los dos heridos que se quejan. Y la sirena que aúlla como un animal agonizante. Y la lluvia que arrecia, formando charcos de agua y sangre sobre el asfalto arruinado de la ruta 88.

Los Hampones Abatidos

Marcelo Metayer Escrito por:

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *