Ciudad fantasma

El 19 de marzo de 2020 el presidente Alberto Fernández decretó el aislamiento social obligatorio para frenar el brote de coronavirus. Al día siguiente fui a pasear por el centro de la ciudad con mi cámara para ver con qué me encontraba. Publiqué algunas fotos y este texto en Facebook. Lo replico aquí, junto con más imágenes. Es mi crónica (ucrónica) del primer día de cuarentena, primer momento de una serie que aún (escribo este breve preámbulo el domingo 22 de marzo) no vislumbra su final.

Dado que el decreto 297/2020 que establece la cuarentena absoluta exceptúa del “aislamiento social, preventivo y obligatorio” y de la prohibición de circular al “personal que se desempeña en los servicios de comunicación audiovisuales, radiales y gráficos”, tomé mi credencial de la agencia, preparé la cámara y salí a dar una vuelta por el centro.

Lo primero fue subir en la esquina de casa al 214. No había alrededor del chofer una cinta a 1,5 metros para separarlo de los pasajeros, como escuché esta mañana que se había implementado en los colectivos. Sí había sentadas unas cinco personas. Una de ellas, una mujer policía. Hasta ahí, todo muy normal.

El choque fue cuando llegué a plaza San Martín, el corazón comercial de la ciudad. Todos los negocios cerrados excepto los de dispendio de alimentos y prácticamente sin automóviles particulares en la calzada. Los únicos que circulaban por las calles eran colectivos, y muchos. Los taxis saturaban las paradas, pero sin salir a ninguna parte. Porque en la calle casi no hay nadie.

Ojo: casi.

Porque yo imaginaba una situación desoladora, y no fue así. Imaginaba un silencio sepulcral, y los colectivos sonaban como siempre. Y había gente caminando, más de lo que yo pensaba. La mayoría no parecía que iba o venía de comprar alimentos indispensables. De hecho, con las personas con las que me cruzaba intercambiábamos una mirada de ojos entornados, entre cómplice y sospechosa. Quizás alguno temió, al ver la cámara, que fuera a quedar escrachado en alguna situación poco clara; no sé.

Me topé, eso sí, con tres grupos de policías para los que fui absolutamente indiferente. Sólo me miraron unas agentes a las que le pedí permiso para fotografiar. Incluso, al caminar por una calle 12 afantasmada, vi que venían de frente tres efectivos y apuré el paso, para ver si me preguntaban qué hacía en la calle. Se cruzaron de vereda.

Me puse a hablar con un transeúnte en la esquina de 9 y 50. El hombre se ve que estaba ansioso de comunicación; el impacto de la cuarentena en las personas que están solas es algo que aún está por verse. “Qué increíble, ¿no?”. “Sí”. “Nunca vi algo como esto”. “Nunca”. Así empezó nuestra breve charla. Le conté que trabajaba en una agencia de noticias y un par de cosas más, siempre separados por una razonable distancia. Nos despedimos y seguí camino.

También cambié unas palabras con un taxista. Me contó que solo andaba gente por el centro buscando cajeros automáticos. Y que a la mañana había habido más movimiento, pero que “ahora está muerto”.

En plaza Moreno me crucé con tres personas, siempre de lejos. En un banco estaba sentado un flaco que había sacado a pasear al perro, que jugaba chocho en medio del barrial que aún no se había secado.

Y luego volví a casa, y eso fue todo.

La Plata hoy, primer día de cuarentena, era un lugar extraño. Todo cerrado salvo almacenes, supermercados y kioscos. Poca gente caminando. Pocos autos. Micros. Taxis parados. Gente que te cruza miradas cómplices.

Lo mejor, que quizás fue inevitable en estos tiempos de encierro forzoso, fue cuando crucé por 9 y 49 y oí un grito: “Milhooooouse”. Venía de un balcón. Levanté la mirada y lo vi. En unos segundos llegó la respuesta, de algún lugar lejano e inescrutable: “¿Queeeeé? Risas y “llama a Bart”. “Bart está con Nelson”, devolvió la voz desconocida.

A veces, los milagros surgen solos, en los lugares y los momentos más inesperado.

Marcelo Metayer Escrito por:

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