Desde hace unos días, los afortunados que andan por Londres pueden darse una vuelta por el Museo Victoria y Alberto para ver una muestra, llamada Twilight: Photography in the Magic Hour, dedicada a fotos de crepúsculos.
Hay imágenes de capos muy capos, como Robert Adams, Gregory Crewdson o Ori Gersht. Y la verdad, la mayoría son asombrosas. Vean si no:
Longmont, Colorado, por Robert Adams.
Platteville, Colorado, por Robert Adams.
Rear Window 1, por Ori Gersht.
(La última foto es muy oscura, de modo que les recomiendo subir el brillo de su monitor).
Y bueno, yo, para no ser menos, aunque reconozco que estoy muy lejos de los maestros, igual voy a poner algunas fotos crepúsculares captadas por la sabia conjunción de mi ojo, mi mano y mi BenQ DC3410 (según Juan, la versión siglo XXI de la Kodak Fiesta).
Todas las fotos están tomadas en City Bell. Las dos primeras imágenes son vistas del cielo desde el puente peatonal.
Posiblemente, los crepúsculos continúen (los post fotográficos, digo; los del mundo, con toda seguridad que seguirán; el de los Dioses, el Ragnarok, ya llegará algún día).


TRANCISIONES
Bellísimas imágenes que me evocan desde una conjugación de lo fantasmagórico y siniestro, lo cercano y familiar posible de devenir extraño, aterrador y desconocido al mismo tiempo, como la primer fotografía de Robert Adams; hasta la articulación del universo urbano, insinuado en las proyecciones de las siluetas de la ciudad, con el Universo celestial, que en ese mismo acto minimiza lo humano, lo torna insignificante, frágil, dependiente, predicado de un sujeto caprichoso y quizás hasta sádico. Y esas tonalidades, hermosísimas, que a mi gusto muestran los matices de lo posible y de lo complejo, como la luz tan simple a primera vista, pero resultante de la complejidad, de la multiplicidad de los colores que la componen.
Esos cielos me transmiten siempre la sensación de la TRANSICION, no se a donde, ni como ni porqué… pero indefectible e inexorable. Día y noche como estados diferenciados, y el crepúsculo como la intersección matemática de esos dos conjuntos, y la progresión hacia la noche… deseada, temida, amada, desesperante. Y el reflejo cuasi primitivo de querer retener ese instante intento de antemano fallido, pero siempre renovado, sujeto de ensoñaciones que tantos poetas describieron… aislar el infinitesimal del tiempo, administrarlo, inventar máquinas para poder navegarlo. Que aquello que ya fue, pueda volver a ser, que el recuerdo desaparezca, se destierre o mejor aún se transmute en re-vivir…que sería algo así como el cuadrado de vivir..
Marcelo, me gustaría guardar algunas de las fotos, al igual que las de Mar del Plata, pero en un tamaño superior, ¿eso es posible??. Desde ya que los créditos son tuyos.
Un fuerte abrazo.
Ah, Eduardo. La máquina de retener el tiempo… la fotografía quiso llenar ese anhelo, pero en todo caso una foto no dejar de ser un sucedáneo de lo real. No registra los olores, los sonidos, los cantos de los pájaros, los suspiros de los amantes, el sabor de algún helado tomado bajo el manto policromado del cielo crepuscular.
Decime qué fotos querés y te las mando por mail. No hay problema.
Un abrazo.