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Eternos días de primavera

1. Los días de mediados de noviembre, que se anticipan a los fulgores y locuras de diciembre, tienen algo de mágicos. Sobre todo en La Plata, porque es la época en que el viento norte trae el perfume de los tilos recién florecidos. La atmósfera es rara, eléctrica, con la melancolía de las historias de Ray Bradbury (lean ‘La feria de las tinieblas’).
El viernes pasado fue uno de esos días mágicos, larguísimos, llenos de luz incluso en mitad de la noche. (A propósito, tomé prestado el título de esta crónica de una canción de Richard Marx: ‘Eternas noches de verano’, que además es un maravilloso oxímoron, ya que precisamente lo que distingue a las noches de verano es su brevedad).

2. El día comenzó la tarde del sábado. Bajé del colectivo en plaza Passo y caminé hacia la casa de Gastón, mientras el viento hacía tronar las hojas de los tilos y los álamos. Me hubiera gustado escribir “y la gente se agarraba los sombreros con una mano, para evitar que se volaran”, pero ya nadie usa sombrero.
Tarde

Bueno, una vez allí, me puse a hacer unas cosas en su computadora y en eso escuché una bocina gigante, como de tren. Recordé que estábamos muy lejos de una vía, y miré por la ventana. Un colectivo, que hacía sonar su bocina, encabezaba una procesión interminable de bicicletas que bajaba por la calle 54. Mi cámara estaba en otra habitación, y no quería interrumpir mi mirada para ir a buscarla.

3. Fuimos a la agencia. Nada funcionaba. Revisé mis emails y partí.

4. Caminé hacia un departamento frente a la terminal, donde Eli festejaba el primer cumpleaños de Mateo. A la vuelta del lugar, vino directo hacia mí un perro enorme, con cadena y candado en el cuello. Se detuvo y me miró. Yo, sin miedo, acaricié su cabeza y el animal se puso contento. Una chica, del brazo de su novio, nos miraba al perro y a mí con espanto. Luego el monstruo se fue, parte de la magia de la tarde.
El cumpleaños fue muy lindo. “No te mames”, había recomendado Gastón. Pero había champán. Igual sólo tomé dos vasitos.

AmigasLas saludables amigas de Eli.
Los abuelosLos abuelos de Mateo. A la izquierda, los padres del padre; a la derecha, el papá de Eli.
Mateo y Alejo
Como Perón y Gatica, Alejo (el nene de Diego Alfa) y Mateo.
NosotrosDe izquierda a derecha estamos yo, Eli, Mateo, Alejo, Diego Alfa.

5. Acompañé a Diego hasta su casa para que pudiera cambiarse.

6. De vuelta al trabajo. Conseguí, gracias al semidiós Taringa! (los otros son Google, Enlaces Deportivos y El Dardito), la banda de sonido de Flash Gordon, que tuve en casete a los doce años; fui fanático de esa película, que vi varias veces en el viejo cine California de Santa Teresita (2 y 33, ahora hay videojuegos); tengo que volver a verla, ya que merece un post.
Compramos unas fantásticas pizzas para hornear, y mientras comíamos surgió la posibilidad de ir a jugar al pool. A mí particularmente no es un juego que me apasione, de modo que no tenía muchas ganas de ir. Es más, estaba seguro de volver a casa temprano.
Al final de la noche de trabajo, exactamente a las 00.50, todo dejó de funcionar de nuevo. Terminamos una y media. Horario inverosímil.

7. Por supuesto, fui al pool de 55 y 11, haciendo honor a mi ciclotimia y a esa sensación sin nombre que es algo así como “dejarse llevar por el destino a ver qué pasa”, que descubrí que me encanta. Terminamos (Laura, Gastón, Gastón L., Diego alfa y Diego beta [novio de Laura], y Fernando Do) diviertiéndonos a más no poder, escuchando música muy buena (cumbias y cuartetos) y tomando cerveza tirada muy fría. De hecho, con Gastón L., mi compañero, ganamos dos de los cuatro partidos que jugamos; y el segundo que perdimos, duró una eternidad, ya que sólo la bola negra quedaba en la mesa y estuvimos tirando por un largo rato, tratando de embarrarle la cancha al otro. “Esto es una partida de ajedrez”, sentenció Gastón (a. Cicerone). Yo me mandé algunos pifies espectaculares que hicieron desternillar de risa a Fernando Do. Incluso volqué Quilmes sobre el paño de una mesa (ahora se me ocurrió un chiste que tendría que haber dicho: “Cómo, ¿no era cerveza tirada?”).

Lau
Diego Alfa

8. Quedamos solos como locos malos los dos Gastones y yo. Dijo Cicerone que dijo Soledad que iba a una fiesta de Bellas Artes, en la Amia. Arrancamos hacia allá. En la puerta, Cice me dijo: “El chiste es que acá está la Amia y enfrente el Muro de los Lamentos”. Enfrente está el Polideportivo de Gimnasia.
La “fiesta”, a esa hora (5 de la mañana, amanecía a través de los altos vidrios del galpón), era un fiasco. Un grupo de borrachos bailando espasmódicamente temas de los Redondos, que además sonaban horrible. Lo único que nos distrajo fue una morocha alucinada, con la remera atada muy por encima del ombligo y los pantalones de tiro más bajo de lo que permite la decencia.

9. Nos fuimos mientras clareaba. Arrancamos hacia Rucaché. En el camino, parábamos para preguntarle a chicas agraciadas dónde quedaba la Plaza Moreno. La idea era favorecer a las chicas con un viaje en Fiat Spazio acompañadas por tres reyes de la noche, pero en general ellas prefirieron un destino más banal y rastrero.

10. Cicerone nos abandonó en plena puerta del bar. Lo despedimos y nos abarajó Rogelio, uno de los dueños: “Adentro, sentadito en una mesa, de remera celeste, está el ‘Pato’ Fontanet, el cantante de Callejeros”. Nuestro estado ya era tan lamentable, que ni una foto le sacamos. Nos besó, lo palmeé, pero de todos modos la batería de la cámara se había agotado con imágenes de Eli, el nene de Eli, las amigas de Eli, y las multicolores bolas de pool. Lástima, porque otra vez no será.
Tomamos otra cerveza, charlamos de todo un poco y en la salida nos encontramos de nuevo con Rogelio. Nos pusimos a hablar de un día, que yo no compartí, en que vinieron ambos Gastones y Soledad a las 9 de la mañana, pidieron una picada y Soledad, que tenía ganas de tomar mate, vio cumplido su sueño a través de una inmensa pava que trajo Rogelio acompañada de la pregunta insoslayable: “¿Tomás dulce o amargo?”. Me causó mucha gracia la forma en que R. se refería a Soledad: “La piba ésta”.
R. entró y salió con ¡otra! cerveza para convidarnos. En eso estábamos cuando paró una moto Yamaha y bajó un gordo con rulos a lo Krusty. Otro personaje, el tipo había sido dueño de Texas -la cadena de videojuegos más importante de La Plata, una especie de Sacoa en los diagonales- y de varios bares. Después de un rato, el gordo arrancaba hacia el After Hour de El Ayuntamiento, que era donde quería ir Gastón. Le dijo que pregunte por Hernán, y se fue.

11. Yo no estaba muy decidido, pero Gastón decidió por mí y antes de que pudiera darme cuenta estábamos en 1, frente al boliche. Ni sabía yo dónde nos metíamos. La cosa fue que nos enfrentamos al de la puerta, un flaco de grandes anteojos oscuros y pelo de color entre blanco y violeta. Gastón preguntó por Hernán. Le dijeron que no estaba. Después dijo que queríamos entrar “a conocer”. Dijo su nombre: Gastón Luppi. El de la puerta dijo “Gastón Luppi” en su Nextel, y como el ábrete Sésamo, ese nombre nos abrió la entrada al After Hour.
Nos recibió la oscuridad artficial, con ventanas tapiadas, música tecno a altísimo volumen y algunas personas tiradas por ahí. Hernán -un ex compañero de la primaria de Gastón- sí estaba allí, de pulcro equipo de gimnasia blanco y gorrita, un rapper de cotillón, pero en definitiva el capo de la cuadra. Gastón pidió otra cerveza, yo no daba más.
Nos sentamos a mirar el ambiente. “Esto también es cultura”, me repetía Gastón, y yo me sentía transportado a otro mundo, donde la gente sigue bailando, tomando cerveza y mirando sus celulares de última generación, hasta el mediodía. En un momento se sentó con nosotros un tipo de traje y bigotes, muy arreglado. Nos besó, nos acarició la espalda y nos invitó a tomar algo en Wilkenny. Muy gay, y muy borracho. Al rato se levantó de la mesa y desapareció en la angosta noche de El Ayuntamiento.
No duró mucho nuestra estadía, de todos modos. A Gastón lo estaban llamando por teléfono y ahí era imposible hablar; además yo estaba demasiado cansado para seguir.
Nos fuimos. Ah, en el baño del boliche encontré a Krusty, además de drogadictos y dealers a granel; una especie de ’segunda barra’. También había un flaco muy borracho, de unos veinte años, hablando por celular con su mamá: “Te quiero, ma”.

12. El final, breve. Gastón me llevó hasta la entrada del barrio donde vivo, previo paso por un estación de carga de gas. Vinimos charlando de todo lo que había pasado.
Entré a casa, saludé, le conté a Madre que había estado con el ‘Pato’ Fontanet, y me acosté.

13. En realidad, el final de este relato -porque en general la vida es más mustia que las novelas, pero a veces, como ahora, la vida tiene la intensidad de la ficción- es ahora, cuando escribo esto la tarde del domingo, cuando evoco lo que todavía está fresco en la memoria mientras paladeo mi té de peperina. De hecho, ya que ahora los sucesos tienen más existencia en el texto que en la realidad, nunca habrá un final.

12 Responses to “Eternos días de primavera”

  1. GML dice:

    La historia narrada parece increíble, aunque hay un detalle que la llena de realidad: yo lo viví. Genial y espero seguir acompañándote en extrañas aventuras, saludos, GML (Gobierno Municipal de Lincoln).

  2. Lisa dice:

    A eso se le llama vivir con intensidad. Realmente “es un eterno día de primavera”, gracias por compartir un fragmento con nosotros. Lisa

  3. Mar dice:

    GML: Por supuesto que habrá más. Todavía tengo ganas de hacer ese viaje en bicicleta, que sería un hito en nuestras vidas. Un gran abrazo.

    Lisa: Muchas gracias a vos por leerlo. A veces te pasan cosas que querés que todo el mundo se entere. Besos.

  4. lore dice:

    leí todo, pese a mi posición (casi tomada) de los post deben ser medianos tirando a cortos (cuestión editorial). Me perdí con lo del pato fontanet. No detallaste mucho, lo tiraste como un dato así nomás o yo no leí bien todo.
    Qué vida agitada, che.
    Mis días pasan más lentos. Al menos exteriormente.
    Si escribieras poesía lo último está muy bueno.
    ;)

    Abrazo, marce.

  5. lore dice:

    Y preciosos esos bebés.
    Por dios.
    :)

  6. Mar dice:

    Lore: Qué alegría verte por aquí. Recuerdo lo que me dijiste acerca de la brevedad de los posts. Pero creo que puede valer la pena un relato largo, cuando lo que tenés que contar es largo… Besos, besos.

  7. Marcelo dice:

    Linda vuelta; no conozco La Plata pero se nota que la pasaron bien. A veces es bueno dejarse llevar por lo que tira el momento.
    un abrazo.

  8. La_escritora67 dice:

    Bueno Marce la verdad es que por lo que contas te castigas lindo no? Me alegro mucho que te diviertas…es totalmente saludable pasarla bien siempre (o intentarlo) Ahora, entre nosotros… que desodorante usas??? jajaja esos de 36 horas? Tu relato me represento esas propagandas de rexona… Que vida veloz…!
    Coincido en que se ve de todo en la city platense… pero no es para cualquier cuerpooooo!! jaja
    Esta buenisimo que vivas a full… Besos… y gracias por contestar mi mail.

  9. Bartolito dice:

    Cuantos recuerdos me traés de esas noches de estudiante, como un trapecista en la cuerda floja, íbamos eligiendo nuestros pasos entre peligros nocturnos, a veces llegábamos a nuestro destino y otras caíamos sin saber si debajo había red o no. Locos, borrachos, charlatanes y droguetas se interponían en nuestro camino como breves capítulos de una novela barata titulada “noche platense”….

  10. Mar dice:

    Marcelo: Cuando quieras, avisá y te venís a esta bizarra ciudad. Abrazo.

    La_escritora: La vida no siempre es veloz, pero cuando viene así, no hay que dejarla pasar. Beso.

    Bartolito: Algún día me contarás esa historia. Abrazo.

  11. [...] Salí de casa con mis sandalias Rider nuevas. Y mi sombrero piluso blanco estaba en la mochila. Me lo puse en la parada del micro: mi pelada no toleraba más sol. Me bajé un poco antes y aproveché para pasar por un kiosco a por dos Quilmes. 3 pesos cada una me cobraron, se ve que en Villa Elisa las cosas tienen otro precio. Seguí caminando, di unas vueltas por el magnífico barrio donde vive Daniela (443 y Belgrano, por ahí, los que sean de La Plata se darán una idea), y llegué. Había empanadas, sánguches de milanesa, vino, Fernet, cerveza, etcétera. Y pileta. Pasé un buen rato con Dani y Eli, y Mateo, pero la casa estaba llena de gente, y aunque estuve tres horas no llegué a ver a todos. En la parrillita del quincho había un grupo de personas a las que sólo entreví en la penumbra. Misterios de la casa de Daniela. Luego llegó el hermano de Fabrizio (novio de Daniela), y en un momento se puso a tocar con un amigo. Parece que hacen lo propio en la calle Florida. Tomé este video. WPvideo 1.10 [...]

  12. [...] del final, del desguace, un panorama en video de la muestra. Con Gastón Luppi, amigazo de noches platenses… Y finalmente, de nuevo con Gonzalo, a las 2 y pico de la mañana, una madrugada [...]

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